Capítulo 2

Que trata hasta la segunda vuelta a Malta

    Llegué en breve tiempo y luego me recibió por paje de rodela el capitán Felipe de Menargas, catalán. Servíle, con voluntad, de paje de rodela y él me quería bien. Ofrecióse una jornada para [Sicilia] (9) Levante, donde iban las galeras de Nápoles, su General, don Pedro de Toledo, y las galeras de Sicilia, su General, don Pedro de Leyba. Iban a tomar una tierra que se llama Petrache (10). Tocó embarcar la compañía de mi capitán en el galera Capitana de César Latorre, de la escuadra de Sicilia. Llegamos a Petrache, que está en la Morea, y echamos la gente en tierra, haciendo su escuadrón firme. La gente suelta o volante emprendieron entrar con sus escalas por la muralla; aquí fueron las primeras balas que me zurrearon las orejas, porque estaba delante de mi capitán, con mi rodela y jineta (11). Tomóse la tierra, pero el castillo no. Hubo muchos despojos, y esclavos, donde aunque muchacho me cupo buena parte, no en tierra, sino en galera, porque me dieron a guardar mucha ropa los soldados, como a persona que no me lo habían de quitar, pero luego que llegamos a Sicilia, de lo ganado hice un vestido con muchos colores, y un soldado de Madrid, que se me había dado por paisano, de quien yo me fiaba, me sonsacó unos vestidos de mi amo el capitán, diciendo eran para una comedia. Yo pensé decía verdad y que me había de llevar a ella, con lo cual cargó con toda la ropa, que era muy buena, lo mejor que tenía mi amo en los baúles, porque él lo escogió, junto con unos botones de oro y un cintillo. A otro día vino el sargento a casa y dijo al capitán cómo se habían ido cuatro soldados y el uno era mi paisano. Quedéme cortado cuando lo oí, y no dándome por entendido supe cómo las galeras de Malta estaban en el puerto y fuime a embarcar en ellas. Y llegado a Mesina escribí una carta al capitán, mi amo, dándole cuenta del engaño de mi paisano, que yo no le había pedido licencia de temor.

Viaje a Malta

      Con que pasé mi viaje hasta Malta, y en la misma galera unos caballeros españoles trataron de acomodarme con el recibidor del Gran Maestre, un honrado caballero que se llamaba Gaspar de Monreal, que se holgó mucho de que le sirviese. Hícelo un año, con gran satisfacción suya, y al cabo de él le pedí licencia para irme a ser soldado a Sicilia, que el capitán mi amo me solicitaba con cartas, diciéndome cuánta satisfacción tenía de mi persona.

Vuelta a Sicilia

      Diome licencia el comendador Monreal, con harto pesar suyo, y envióme bien vestido. Llegué a Mesina, donde estaba el Virrey, duque de Maqueda. Senté la plaza de soldado en la compañía de mi capitán, donde serví como soldado y no como criado ni paje. De ahí a un año el Virrey armó en corso una galeota y mandó que los soldados que quisieran ir en ella les darían cuatro pagas adelantadas; fui uno de ello[s] y fuimos a Berbería (era el capitán de ella Ruipérez de Mercado). Y no habiendo topado nada en Berbería, a la vuelta topamos otra galeota poco menos que la nuestra en una isla que llaman la Lampadosa (12). Entramos en la cala, donde se peleó muy poco, y la rendimos, cautivando en ella un corsario, el mayor de aquellos tiempos, que se llamaba Caradalí, y junto con él otros noventa turcos. Fuimos bien recibidos en Palermo del Virrey y, con la nueva presa, se engolosinó, que armó dos galeones grandes: uno se llamaba Galeón de Oro y otro Galeón de Plata. Embarquéme en Galeón de Oro y fuimos a Levante, donde hicimos tantas presas que es largo de contar, volviendo muy ricos, que yo, con ser de los soldados de a tres escudos de paga, traje más de trescientos ducados de mi parte, en ropa y dinero. Y después de llegados a Palermo mandó el Virrey nos diesen las partes de lo que se había traído. Tocóme a mí un sombrero lleno hasta las faldas de reales de a dos, con que comencé a engrandecerme de ánimo, pero dentro de pocos días se había jugado y gastado con otros desórdenes.

Viaje a Levante con galeones

      Tornóse a enviar los dos galeones a Levante, donde hicimos increíbles robos en la mar y en la tierra, que tan bien afortunado era este señor Virrey. Saqueamos los almacenes que están en Alejandreta, puerto de mar donde llegan a estos almacenes todas las mercadurías que traen por tierra de la India, de Portugal, por Babilonia y Alepo. Fue mucha la riqueza que trajimos.
      En el discurso de estos viajes no dormía yo, porque tenía afición a la navegación y siempre practicaba con los pilotos, viéndoles cartear y haciéndome capaz de las tierras que andábamos, puertos y cabos, marcándolas, que después me sirvió para hacer un derrotero de todo el Levante; Morea y Natolia (13), y Caramania, y Suria (14), y África, hasta llegar a cabo Cantín (15) en el mar Océano; islas de Candía, y Chipre, y Cerdeña y Sicilia, Mallorca y Menorca; costa de España desde cabo de San Vicente, costeando la tierra, Sanlúcar, Gibraltar hasta Cartagena, y de ahí a Barcelona y costa de Francia hasta Marsella, y de ahí a Génova, y de Génova a Liorna, río Tíber y Nápoles, y de Nápoles toda la Calabria hasta llegar a la Pulla y golfo de Venecia, puerto por puerto, con puntas y calas donde se pueden reparar diversos bajeles, mostrándoles el agua. Este derrotero anda de mano mía por ahí, porque me lo pidió el Príncipe Filiberto para verle y se me quedó con él (16).

Hostería es bodegón

      Llegamos a Palermo con toda nuestra riqueza, de que el Virrey se holgó mucho y nos dio las partes que quiso. Y con la libertad de ser levantes (17) del Virrey y dinero que tenía no había quien se averiguase con nosotros, porque andábamos de hostería en hostería y de casa en casa. Una tarde fuimos a merendar a una hostería, como solíamos, y en el discurso de la merienda dijo uno de mis compañeros, que éramos tres «Trae aquí comida, bujarrón» (18). El hostelero le dijo que mentía por la gola, con que sacó una daga y le dio de suerte que no se levantó. Cargó toda la gente sobre nosotros con asadores y otras armas, que fue bien menester el sabernos defender. Fuímonos a la iglesia de Nuestra Señora de Pie de Gruta, donde estuvimos retraídos hasta ver cómo lo tomaba el Virrey. Y sabido que había dicho que nos había de ahorcar si nos cogía, dije «Hermanos, más vale salto de matas que ruego de buenos».

Huida a Nápoles

      Y recogiendo nuestra miseria cada uno, lo hicimos moneda, e hice que nos trujeran nuestros arcabuces, sin que supieran para qué; y traídos, como la iglesia está a la orilla de la mar, en el mismo puerto, yo me valí de mi marinería y puse los ojos en una faluca(19) que estaba cargada de azúcar, y a medianoche les dije a las camaradas (20) «Ya es hora que vuestras mercedes embarquen». Dijeron que seríamos sentidos. Yo dije «No hay dentro de la faluca más del mozo que la guarda». Y entrando dentro y tapando la boca al muchacho, zarpamos el fierro (21), diciéndole que callase, que lo mataríamos. Tomamos nuestros remos y comenzamos a salir de la cala; y al pasar por el castillo, dijeron «¡Ah de la barca!». Respondimos en italiano «Barca de pescar», con que no nos dijeron más. Puse la proa a la vuelta de Nápoles, que hay trescientas millas de golfo, y siendo Dios servido, llegamos sin peligro en tres días. Vino el guardián del puerto por la patente; contamos la verdad y que temerosos de que el duque de Maqueda no nos ahorcase nos habíamos huido, como esta dicho. Era Virrey el conde de Lemos viejo y había hecho capitán de infantería a su hijo, el señor don Francisco de Castro, que después fue Virrey de Sicilia y hoy conde de Lemos, aunque fraile. Quísonos ver el conde, y, viéndonos de buena traza y galanes, mandó sentásemos la plaza en la compañía de su hijo y que la faluca se enviase a Palermo, con la mercaduría de azúcar que tenía. Llamábannos en Nápoles los levantes del duque de Maqueda y nos tenían por hombres sin alma.

Junta con los valencianos en Nápoles

      A pocos días que estuvimos allí en buena reputación y en una casa de camaradas los tres, sin admitir otras camaradas, una noche vino a nuestra casa un soldado de la misma compañía, valenciano, con otro; dicen eran caballeros. Y nos dijeron «Vuestras mercedes se sirvan de venir con nosotros, que nos ha sucedido aquí, en el cuartel de los florentines, un pesar». Nosotros, por no perder la opinión de levantes, dijimos «Vamos, voto a Cristo», y dejamos el ama sola en casa. Yendo por el camino hallamos un hombre que debía de estar haciendo el amor; y quedándose atrás el valenciano, oímos dar una voz. Volvimos a ver lo que era y venía el valenciano con una capa y un sombrero, y díjonos «No se quejará mas el bujarrón». Yo le dije qué era aquello; dijo «Un bujarrón que le he enviado a cenar al infierno y me ha dejado esta capa». Yo me escandalicé cuando tal oí, y arrimándome a una de mis camaradas, le dije «Por Dios, que venimos a capear y no me contenta esto». Respondió «Amigo, paciencia por esta vez, no perdamos con éstos la opinión». Yo dije «Reniego de tal opinión». Y llegando a una casa donde vendían vino, que al parecer era donde les habían hecho el mal, entramos por un postigo y, diciendo y haciendo, comenzaron a dar tras el patrón y dando cuchilladas a las garrafas de vidrio, que eran muchas y asimismo a las botas de vino a coces, de suerte que las destampañaron y corría el vino como un río; el dueño, de la ventana, dando voces. Salimos por el postigo a la calle, y de la ventana dieron a una camarada de las mías con un tiesto, que lo derribaron redondo y quedó sin sentido; y a las grandes voces que daban llegó la ronda italiana y comenzamos a bregar y menear las manos; el caído no se podía levantar, que era lo que sentía. Últimamente, nos apretaron con las escopetas de manera, y con las alabardas, que a uno de los valencianos le pasaron una muñeca de un alabardazo y prendieron juntamente con el que estaba en tierra. Nosotros nos retiramos hacia nuestro cuartel y la ronda, llevando los presos, toparon con el muerto, a quien quitaron la capa el valenciano. Dieron aviso al cuerpo de guarda principal de los españoles y salió luego una ronda en busca de mi camarada y de mí y del otro valenciano. Y habiéndonos despedido del valenciano, nos íbamos a casa por la miseria que había para irnos, cuando vimos la ronda, con cuerdas encendidas, a nuestra puerta. Yo dije «Amigo, cada uno se salve, pues no me quisiste creer cuando la capa». Y echando por una callejuela me fui hacia el muelle, y en una posada que está junto al aduana llamé a donde estaba un caballero del Hábito de San Juan, que había venido de Malta a armar un galeón para ir a Levante, amigo mío, que se llamaba el capitán Betrián, y vístome se espantó. Contéle la verdad, y escondióme y tuvo veinte días hasta que estuvo de partencia, y aquella noche me embarcó y metió en la cámara del bizcocho, donde sudé harto hasta que estuvimos fuera de Nápoles, que me sacó fuera y me llevó de buena gana hasta Malta. Y el valenciano y mi camarada, a quien derribaron con el tiesto, los ahorcaron dentro de diez días. De las otras camaradas no supe jamás.


(9) "Sicilia" aparece con letra distinta a la de Contreras. Con esta letra están también escritas la parte final del original y algunas correcciones a lo largo del mismo.
(10) "Petrache": por Patras, ciudad de la península de Morea, Grecia, en el golfo del mismo nombre.
(11) "Jineta": Insignia de los capitanes de infantería que consistía en una lanza corta con el hierro dorado y una borla por guarnición.
(12) "Lampadosa": Por "Lampedusa", isla al oeste de Malta, no lejos de la costa de Túnez.
(13) "Natolia": Por "Anatolia".
(14) "Suria": Por "Siria".
(16) Este derrotero se encuentra actualmente en la Biblioteca Nacional de Madrid (manuscrito 3175-J-137), bajo el nombre de "Derrotero Universal". Está publicado por José María de Cossío en el tomo XC de la biblioteca de Autores Españoles junto con esta autobiografía ("Autobiografías de Soldados, siglo XVII).
(17) "Levantes": (Del árabe "loevendi", guerrero). Antiguamente, "soldado".
(18) "Bujarrón": Sodomita, maricón.
(19) "Faluca": (Del árabe "haloque", que dio "faluca"y "faluga" y, de aquí, "falúa"). Embarcación pequeña de seis remos, sin cubierta.
(20) En la época de Contreras había tendencia a feminizar las palabras acabadas en "a" que ahora tienen género masculino; por ejemplo, "las camaradas", "una espía".
(21) "Cargar o zarpar el hierro": Levar el ancla.


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