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Conducta onomástica

 
    El semoviente Saturnino Cabezón y López-Monachil se transmutó en el ciudadano Iscariote Reclús el día 11 de mayo de 1932, primer aniversario de la quema de los conventos (hoy hace treinta y tres años justos). El histórico paso lo dio en la sala de espera de la estación de Alcázar de San Juan, mientras los trenes ascendentes subían y los descendentes bajaban como si tal cosa. Fue su padrino el panadero Víctor Hugo Marat (antes Casto Tardejas), que era medio albino y tenía un ojo color salmón y el otro verde esmeralda, como Miss Europa; la combinación le hacía muy elegante aunque, a veces, algo desorientadora.
    Este Víctor Hugo Marat, cuando todavía se llamaba Casto Tardejas, se presentó en Alcázar como caído del cielo (nadie supo nunca de donde había salido) y abrió una tienda de aperos de labranza, azadas, azadones, guadañas, hoces, horcas, bieldos, rejas de arado y otros enseres y herramientas, que tuvo gran renombre por todo el contorno. Al poco tiempo, instaló en su tienda una vitrina con publicaciones medio bolcheviques y adornó las paredes con litografías revolucionarias: La sublevación de Espartaco, La toma de la Bastilla, El comunero Padilla espera la ejecución de su sentencia, La liberación de los esclavos por el presidente Lincoln, explosión de una bomba en el liceo de Barcelona, Obreros celebrando con regocijo la acción de Juanete al matar a su inhumano y egoísta patrono, etc. Después se casó por la iglesia y su señora, la Marujita Arandilla, que era algo chepa, no mucho, le dio cinco hijos -- el Giordano Bruno, la Palmira, la Aurora, el Floreal y la Conjun (Conjunción Republicano-Socialista)- a los que el padre, como es natural, no bautizó. El nombre de Víctor Hugo Marat debió ponérselo, según se reputa como lo más probable, en 1925, en señal de protesta cívica por el desembarco de Alhucemas.
    El Víctor Hugo era fanático de un reconstituyente al que decían el pagliano y cada sábado formaba a los chicos en fila y les administraba una cucharada a cada uno. Como a pesar del pagliano, la hueste estaba más bien canija, su suegra, la señora Juana Renieblas, viuda de Arandilla, alias Grillo Cebollero, se lamentaba con las vecinas echándole la culpa al yerno.
    - ¡Fíjense lo idiotas y desmedrados que están mis nietos! A mí que no me digan, pero es la consecuencia de la purga que les arrea su padre todas las semanas. Las criaturas, purga va, purga viene, no levantan cabeza ni acaban de ser como todos los niños del mundo. ¡Hay que ver cómo están los pobrecitos de desangelados! Eso es mismamente de que les falta la sal del bautismo. ¡Más vergüenza es lo que debiera tener su padre, que es un desaprensivo y un piernas! ¡Eso! ¡Un piernas y un mentecato!
    El Casto Tardejas, a poco de cambiarse el nombre, vendió la tienda (en más de dos mil quinientas pesetas, según dicen) y quiso mandarle el importe a Abd-el-Krim, por giro postal, para que prosiguiese la lucha contra el burgués invasor. El administrador de correos, que era muy buena persona y que pensó que la guardia civil lo iba a deslomar si se enteraba, intentó quitarle la idea de la cabeza y le dijo que el giro no podía cursarse por dificultades técnicas. Casto Tardejas pensó en ponerle un petardo en la estufa de serrín, para que escarmentase, pero después se conoce que prevaleció el buen sentido porque se estuvo quieto; los cuartos los quemó en el cementerio, sobre la fosa común, y de nada valieron las lágrimas de su señora, la Marujita. Entonces, a raíz de vender su tienda, fue cuando se hizo panadero. Al Casto Tardejas, convertido ya en Víctor Hugo Marat, se le despertaron inclinaciones misóginas y se fue a vivir a una choza, al otro lado de la estación. La Marujita lo visitaba cada cuatro o cinco días y una vez, al llegar, se lo encontró muerto y con las orejas y los ojos comidos por las ratas; se supone que murió de muerte natural, pero esto no pudo aclararse nunca. Su suegra, tan pronto lo enterraron, mandó bautizar la descendencia: al Giordano Bruno le pusieron Ramón; a la Palmira, Maruja; a la Aurora, Juana; al Floreal, nada porque se murió antes, de una meningitis, y a la Conjun, Purita. Así quedaron las cosas en orden.
    Al ciudadano Iscariote Reclús se le perdió un poco la pista durante algún tiempo; las cosas andaban más bien revueltas en el país y no era difícil que eso que se llama presencia histórica -- en este caso, la presencia histórica del Iscariote- se desdibujase. Lo que sí se sabe es que el Glorioso Movimiento Nacional le sorprendió en León, donde era cobrador de recibos de la luz. En el ínterin se había arrimado a una criada de Boñar que se llamaba Leoncia y que, según los vecinos, tenía muy mal café; el Iscariote y la Leoncia estaban casados por lo civil, no por la iglesia, y la chica no podía volver al pueblo porque su padre, según propia y solemne declaración, no estaba dispuesto a reconocer putas.
    - ¡Hubiera preferido verla muerta de lepra -- decía el señor Asterio Cardeñuela, el padre de la Leoncia, que había sido del somatén cuando la dictadura de Primo de Rivera- que casada por el juzgado como una furcia masona! ¡Delante de mí que ni se presente, que la desuello! ¡Yo no estoy dispuesto a reconocer putas!
    El Iscariote Reclús, cuando la guerra, tuvo que salir de naja de León porque el canónigo don Abdón Cebollada lo denunció por lo de Iscariote, y el catedrático de Instituto don Segismundo Pizarro, alias Tico Brahe, por lo de Reclús. El ciudadano Iscariote anduvo dando tumbos por la zona nacional hasta que llegó rebotado a la isla de Mallorca, que a la sazón estaba atemorizada por los desmanes de un sujeto, medio aventurero y medio zascandil, al que decían Conte Rossi. En Mallorca se instaló en Villafranca, que es pueblo espabilado y tolerante, y se dedicó al cultivo -- más o menos científico- del melón (cucurbita melis), arte del que vivió, incluso con desahogo, el resto de sus días.

 

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