Biografía de Quevedo

I


    Y O, señor, soy de Madrid, nacido en estos arenales engendradores de sierpes. Mis padres (Dios les tenga en el cielo) fueron el secretario Pedro Gómez de Quevedo y doña María de Santibáñez, que me honran con su memoria aunque yo les mortifico con la mía.
    Nací un sábado 17 de septiembre de 1580, día de las Llagas de San Francisco, como predestinado a sufrirlas. Digo día y miento que fue noche y aciaga: la del viernes en gran disputa con el amanecer del sábado, porque ninguno quería que naciese en sus términos. Venció Saturno, viejo gotoso; véase mi desgracia.
    Vine, pues, tarde al mundo, que hasta el sol tuvo vergüenza de verme, en aquella noche templada, entre clara y entre yema, y bajo el signo de Libra. No le sucediera peor a cualquier morisco o mercader. Dos maravedís de luna alumbraban entonces a la tierra, que, como era yo quien nacía, no quiso que fuese un cuarto. Certifico que ojalá no me hubiera parido mi santa madre, porque me dejaron desde aquel momento tal ventura los astros, que puede servir de tinta, según ha sido de negra y desastrosa.
    Criéme en Palacio, entre el regalo de la Corte, porque mi padre, que estuvo de secretario de la señora emperatriz María, en Alemania, lo era, a la sazón de doña Ana de Austria, mujer del señor rey don Felipe II, en cuya ocupación dio singulares muestras de su entendimiento; y mi madre asistía desde sus primeros años, con su hermana doña Felipa, a la cámara de la reina. No lo digo por tenerme por bien criado, que en los palacios no pueden aprenderse sino chismes, envidias y embelecos, sino por ser así la verdad.
    Nunca me precié de mala memoria porque me tuviese por entendido, y recuerdo muchas alabanzas a mi despejo infantil, si no se tienen por encarecimiento propio. Como es nuestra infancia, es así nuestra vida. Lloramos porque nacimos, vivimos sin saber qué es vida, empezamos a morir sin saber qué es muerte. Nos envuelve la comadre en mantillas, que nos las jurarán de mortaja; nos ponen en una cuna; si lloramos, llaman al Coco; si dormimos nos cantan:
 "Con la grande polvareda..."

    Ya está aquí el babador, ya nos cuelgan dijes, ya nos nacen los dientes. Luego vienen, quizá, las viruelas y el palomino muerto, y el que uno no se rasque, y aquello de "¡Ay, el angelico!" y "A ro, ro"... Después pasamos el sarampión, y, ya mayorcitos, vamos a la escuela en invierno, con un alambique por nariz, tomados todos los cabos del cuerpo con sabañones, dos por arracadas, uno a la jineta en el pico de la nariz, dos convidados a comer y cenar en los zancajos, llamando señor al maestro... ¿No transcurre así nuestra infancia?
    Tal fue la mía, y no podía pedir (como no fuera a la puerta de una iglesia por cojo) otra cosa. Pronto conocí que era señalado de la mano de Dios, corto de vista como de ventura, negro de cabello como de dicha, con puntas de barbirrojo, como Judas; quebrado de color y de piernas; blanco de cara y de todos. Solo me faltaba ser huérfano, y lo fui de padre a los seis años.
    Tenía yo un hermanito mayor, Pedro, mi consuelo y ayuda. Estudiaba ya, provechosamente, la gramática con los teatinos. A su lado me envió mi madre a los doce años. Pedro, que me llevaba tres, falleció a los quince enlutando durante mucho tiempo aquella triste viudedad. Cuatro años asistí a los Estudios de la Compañía de Jesús, donde se educaba toda la nobleza de Madrid, y en ellos aprendí, gramática, retórica y poética. Y valiera más que no aprendiera nada, porque el hombre parece haber nacido antes para cochero que para filósofo.
    Era yo, por la muerte de mi hermano, un mayorazgo de casa y solar montañés. Mi padre y mi abuelo paterno, Pedro Gómez el Viejo, descendían de Bejorís en el valle de Toranzo; y mi abuela paterna, María Sáenz de Villegas, de Villasevil, en el mismo valle. Y aunque mi madre y mi abuela materna, doña Felipa de Espinosa y Rueda, eran de Madrid, mi abuelo materno Juan Gómez de Santibáñez Ceballos, procedía de San Vicente de Toranzo. Allí radican nuestros antiguos y nobles solares. Allí vivió mi tío Juan Gómez de Quevedo, que dejó a la iglesia parroquial de Bejorís gran cantidad de plata labrada, con que hoy se sirve al culto divino con mucho lustre y decencia; y allí está la casa de los Quevedos, en la eminencia del barrio de Cerceda, entre Bárcena y Bejorís, con sus escudos de armas. Todo es caduco en la fuga inexorable del tiempo. Hoy mi casa solariega es más solariega que ninguna, pues, por carecer de tejado, a todas horas le da el sol...
    Mi madre, que antes de contraer matrimonio había hecho de Palacio un convento, y era el vivo símbolo de la mujer fuerte de la Escritura, a Palacio volvió, y a hacer nuevo convento de él, al quedarse viuda. Admitida en la servidumbre de la señora infanta doña Isabel Clara Eugenia, no le impidieron las exterioridades de la Corte para formar su interior con oraciones y prácticas piadosas y convertirse en espejo de viudas, como antes lo había sido de casadas y de doncellas.
    Tuve tres hermanas, sin contar la primera, que se agostó en la infancia: doña Felipa, tres años más joven que yo, hoy sor Felipa de Jesús, monja carmelita descalza en el convento de Santa Ana de esta Corte, religiosa de ejemplar y santa vida; doña Margarita, un año más joven que ella, que casó con don Juan Alderete y San Pedro, caballero del hábito de Santiago, ya difunta, y la última y póstuma, doña María, que fue la segunda en caer en flor del árbol de la vida perecedera, dando principio a la inmortal desde sus primeros años y primer ensayo de su virtud.
    Algo aliviada mi madre (que no se consoló nunca) del trance mortal de mi hermano Pedro, quiso que concurrieran en mí las gracias que él atesoraba y que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar, cantar y traer bien la espada. Yo, si voy a decir verdad, no me avergüenzo de descubrir mi falta de encantos personales. Los que me quieren mal me llaman cojo, siendo así que lo parezco por descuidos, y soy, entre cojo y reverencias, un cojo de apuesta, si es cojo o no es cojo; pero nada apto para danzar o cantar. Solo conseguí, con poco esfuerzo, verme un mozo amostachado, diestro en jugar las armas, los naipes y otros juegos, y poeta, sobre todo, descompuesto componedor de coplas, hablando con perdón.
    A ser yo hombre de tantas partes como las comedias de Lope de Vega, otro hubiera sido el rumbo de mi vida. Pero jamás solicité el mar con remo o vela, ni nunca envidié al Turco la ambición armada: no quise ser homicida de mí mismo por un pobre sueldo, ni tan loco que, lleno de esperanzas, me diera por cavar los peligros preciosos del Oriente. La fénix no habría de vivir en Arabia temerosa de mi gula, ni la tierra recibir ultrajes de mi arado en alas de la codicia. Quise vivir para mi alma, y no andar llorando, constantemente envidioso, más que el daño propio, el bien ajeno.
    No sé si me salí con ello, pero aseguro que hice todas las diligencias posibles.
    En conclusión, yo me aficioné, por mis pecados, a las letras, y anuncié a mi madre (que lo recibió con gusto) mi deseo de pasar a estudiar a Alcalá.
   


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