II

    A MANECIÓ el Señor un día de fines de septiembre de 1596, y entre el aguardiente y el alcotín o lectuario, que son sus primeros crepúsculos, salimos de la corte, camino de Alcalá, en el carro de un Diego Monje, a tiempo que el sol comenzaba a hacer cosquillas a las estrellas. Ibamos hasta diez personas, cinco por banda, dándonos hombro con hombro, yo y mi criado Sebastián Vicente, una vieja, una niña, la buscona, el tratante, el corchete, la santera, un capigorrón y un fraile. Así embutidos, llegamos a media mañana a la siempre maldita Venta de Viveros. Era el ventero morisco y ladrón. Pedímosle de comer. Comimos todos y no comió ninguno. Hicimos la cuenta, tan revesada que no la entendiera Juan de Leganés. Quedamos asustados del gasto. Enganchó el Diego Monje sus mulas, y poco después estábamos en Alcalá, sin la compañía del fraile y la buscona, que se quedaron a hacer penitencia por los caminos. Fuimos a aposentarnos yo y Sebastián Vicente a la casa de unos deudos de mi tía, fuera de la
    Cuatro años seguí los cursos de la Universidad, al cabo de los cuales aprobé la licenciatura en Artes y aun me matriculé en teología, que también hubiera acabado en Compluto, si los diversos accidentes de mi vida no lo estorbasen.
    Bien quisiera hacer una diestra relación de la vida escolar que entonces viví, si no me faltara para ello el entusiasmo de aquellos días mozos. Estudiantes y pícaros todo es lo mismo. El primer día de escuela ya hube de sufrir la novatada, que consistió en reírse de mí y ser blanco de los tuétanos de las mayores narices que se han visto jamás en paso de Semana Santa. Pagué después la patente, doce reales, de que no se escapa ningún escolar, y sufrí infinitísimas injurias. Pero, "Haz como vieres", dice el refrán, y dice bien. Yo, en consecuencia, de puro reparar en él, vine a resolverme, al cabo del tiempo, en ser bellaco con los bellacos, y más que todos si pudiese. Apadrinado por unos colegiales amigos de mi familia, no dejé de asistir a mi general. Estudiábamos la Lógica por el libro de Pedro Hispano en el primer curso. De dedicábamos el segundo a la Magna, de Aristóteles, y leíamos sus Antepredicamentos y Predicamentos, los dos tratados de Perihermenias , Posteriores, Tópicos y Elencos, además de los Predicables de Porfirio. Todo el tercer año invertíamos en la Filosofía Natural, del mismo Aristóteles, y con sus Metafísicos, rematábamos el último curso. Ganábamos éste desde San Lucas a la Purificación de Nuestra Señora, en cuya fiesta comenzaban ya las tentativas de reválida. Luego oíamos, para la licenciatura, seis libros de Filosofía moral, y en el día de San Ambrosio daban principio los exámenes.
    No anduve escaso de nada, como mi buena madre me remitiese todo el tiempo que estudié seiscientos ducados. Pero quiso mi mala suerte (que siempre me acompaña), o el diablo (que nunca me deja), que hubiese de pagármelos por libranza un avariento. En malos infiernos arda, dondequiera que se halle el maldito. Tenía cuatro mil ducados de renta y más de tres mil de ganancias forzosas y seguras en el logro, no en la conciencia. Su vestido era tal, que antes obligaba a los que no le conocían a darle limosna que a pedírsela. Los pobres más bien le temían que le demandaban. No usaba criado ni criada, ni gastaba otra luz que la del día, porque el sol se la daba de balde. Se acostaba de memoria; comía de lo más barato que hallaba en el público aderezado, quiero decir, en los bodegones. Tenía sólo un sobrino, y, por no sustentarle, o él, amedrentado el estómago de su sustento, servía a un oficial. Algunas veces le vi enfermo, y no se curaba con otra cosa, sino con la cuenta que hacía de lo que ahorraba en no llamar al médico ni pagar barbero ni boticas.
    En manos de este lacerado vine a parar. Un día le dijo en mi presencia un doctor de la Universidad, que cómo un hombre tan bien nacido y rico andaba tan bajamente vestido y sin un criado o criada siquiera y no se sustentaba aun como mendigo y consentía que su sobrino sirviese. Repuso que él no era vanaglorioso ni soberbio, de que daba muchas gracias a Dios que le inclinaba a modestia y humildad; que en cuanto a no tener criado, le era ocasión de no vivir como poltrón, sin ejercicio, y que procuraba excusarse de gobernar gente no conocida, puesto que sus ocupaciones eran tan pocas, que, asistiendo a ellas, le sobraba el ocio; que él aborrecía la golosina y la glotonería; que su natural aseguraba la salud en la dieta y templanza; que a su sobrino no le tenía en casa porque, con el servir, aprendiese humildad, obediencia y virtud, y no se entregase al perdimiento de costumbres, viéndose heredero y con abundancia de lo necesario y esperanza de caudal para lo superfluo. Quedamos pasmados. Murió el tal, que había vivido contra Dios, contra sí y contra el prójimo, sin Dios, sin el prójimo y sin él mismo. Heredóle quien le hizo el testamento que no quiso hacer; dejó la hacienda, que solo tuvo para dejarla, pues no se conoció que era suya en otra acción, ni que la tenía, sino cuando ella no le tuvo a él. Toda se la comió el extraño, y fue mucho que antes no nos comiera a todos.
    Cuando abandoné la Universidad, bien adoctrinado y a mi costa de qué cosa fueran avarientos, ya tenía mis ideas sobre el amor, sobre las mujeres, sobre la moral del mundo. No me faltaron desafíos y amarguras. Pero, como mozo, gasté humor, hice del vicio donaire, y gala de la travesura. Comprendo ahora que las Universidades no son escuelas de costumbres.
    Llegó para mí la hora menguada de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado. No me avergüenzo de relatar lances que pueden obtener alguna disculpa en los hervores borrascosos de la impetuosa mocedad. Con el nuevo siglo debieron de acrecentar en mí su mal influjo las estrellas. Ello fue que una tarde del Jueves Santo de 1601 asistía yo, en un templo de Alcalá, a las Tinieblas. Oraba a mi lado una mujer de calidad y lindo talle, fervorosamente arrodillada. Entró un caballero, lleno de cólera, y sin decir una palabra ni respetar la iglesia ni día tan santo, comenzó a dar bofetadas y coces a aquella mujer. Pretendió llevar la insolencia a mayores extremos. Intenté sosegarle y aplacar su ciego furor. Lejos de reportarse, desatóse en denuestos contra mí, a quien no conocía. Le saqué fuera del lugar sagrado, afeéle su conducta y desafuero (porque se trataba de una mujer honesta); revolvióse, reñimos, pagó con su vida el atrevimiento. No se habló de otra cosa en Alcalá; era el difunto persona de porte. Intervino el rector, buscóme la justicia, y aunque la causa barruntaba buen color, que al fin todo fue castigo de un desatento y amparo de una desvalida, juzgué más prudente ocultarme y abandonar la ciudad y los estudios.
    Vagué sin rumbo, disfrazado, por mesones y ventas; conocí el polvo de los caminos y la dura necesidad. Pero a todo socorrió mis buenas artes y mejor prosa. Porque (si no lo han por enojo) yo alternaba mi teología con el libro del duelo, y mis lenguas aprendidas en el Colegio Trilingüe con la jacarandina, y mis poesías con el descuadernado. Quiero decir, que ya tenía mis principios de fullero, y, por la misericordia de Dios, llevaba dados cargados con nueva pasta de mayor y menor y gran provisión de cartones de lo ancho y de lo largo para hacer garrotes de morros y ballestilla. A fuerza de flores, estaba hecho un mayo, o, por lo menos un ramillete. Tenía la mano derecha encubridora de un dado, pues, encubridora de cuatro paría tres. Sabía trocar la baraja al despabilar de una vela. Conocía los azares mediante raspaduras. Picaba con alfiler los naipes y los adivinaba por lo hendido. Era una lince en el retén.
    Con todas estas maulas no había mesón ni venta donde no diera muerte a infinitos "blancos", cuyos dineros venían trompicando a mis bolsillos.
    Hice amistad con las "figuras" naturales y artificiales más famosas de España: grandes "estadistas" de la vida, bravos y rufianes; gentes de sombrero de mucha falda y vuelta, faldillas largas, coleto de ante, estoque largo y daga buída, o bien azulado cuello abierto, puños grandes, ligas de rosetas, sombrero francés muy bruñido, listón atravesado y palillo en la oreja; gariteros, ciertos, dobles, entretenidos, pagotes y demás sabandijas de la recolección de la "gura", que así llaman o llamábamos los jaques a la justicia. Fui comediante (que, por salir disfrazado, no desayudaba), mendigo, coplero y galán de monjas. Recorrí las ocho partidas, una más que el infante don Alfonso de Portugal. Visité a menudo las iglesias, y no de puro cristiano. Anduve por las ventillas de Toledo y los rincones de Murcia, los percheles de Málaga y las islas de Riarán, el compás de Sevilla y su mesón del Moro, el azoguejo de Segovia y la Olivera de Valencia, la redondilla de Granada y su mesón de la Luna, la playa de Sanlúcar y el Potro de Córdoba. Tuve desafíos sangrientos y cometí desmanes, que a poco acaban en apaleo de sardinas o en el finibus terræ. Pero Dios se apiadó de mí. Comprendí mi error y que había que nacer para seguir aquella mala vida. Al fin yo la continuaba forzado y acabé por aborrecerla.
    Supe la muerte de mi buena madre. Se me oprimió el corazón. Maldije mi sino. Corrí a Valladolid, adonde estaba la corte, y me arrojé a los pies de la duquesa de Lerma. Creí salir de Argel. Ella intercedió por mí y consiguió el perdón. A ella debo la vida. Con mi tía y hermana traté de la herencia de mis padres. Se me nombró tutor en la persona del secretario Agustín de Villanueva, casado con una prima mía; me matriculé de nuevo en Teología en la Universidad Pinciana, y, prometiendo cambiar de vida proseguí mis estudios. ¿Qué mejor que consagrarla al sacerdocio?


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