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N los que viven un tiempo con indignidad, la virtud no vuelve a injertarse en el antiguo tronco sin que quede algún mal resabio. Llegué a orillas del Pisuerga con fama de poeta y dejos de pícaro. Mi valimiento con mi señora la duquesa proporcionóme en Palacio alguna ocupación, y, al fin, el roce con los buenos caballeros de mi edad, con quienes me eduqué, templaron poco a poco mi natural vehemente. Certifico que no fue sin gran esfuerzo por mi parte. Porque la nueva Corte, si suministraba rica materia a mi espíritu observador y lugar a mis ambiciones literarias, era un incentivo constante al retorno de mis pasadas costumbres. A la muerte del señor rey don Felipe II una necesidad de vivir y de gozar libremente, un ansia de movimiento de placer se había apoderado de la sociedad española, como queriendo desquitarse de las tristezas de los finales de aquel reinado.
Quiero narrar otro lance en que la desgracia me hizo intervenir; que parece se hallan vinculadas en mí todas las desventuras. No bien llegado a la Corte, un martes (que por tal había de ser aciago), 17 de julio de 1601, ciertos criados del embajador de Francia mataron de noche, por confusión con otros que habíanles dado una matraca, a cuatro hombres y un clérigo, que se bañaban a la orilla del río. Amaneció alborotada la ciudad y cercada la casa del embajador, adonde se acogieron los matadores. Negóse el francés a entregar a los delincuentes; pero acudieron los alcaldes al Consejo Real y éste mandó allanar la casa. Era capitán de la guardia del embajador un deudo mío, don Antonio de Villegas. Ordenóme Su Majestad le convenciese (pues era grande amigo) de la necesidad de entregarse para el esclarecimiento de aquellas muertes. Hícelo así, y fue prendido y llevado a la cárcel con dieciséis criados y el caballerizo; y a un sobrino del embajador que también era culpado, le pusieron en casa de un alguacil. Se enfureció el embajador y visitó al duque de Lerma, quien le repuso que la justicia de los culpados se había de conocer aquí y no en Francia. Apeló aquel al rey, pidiendo se le guardase la inmunidad de su casa y que se le restituyeran los criados o le diesen los pasaportes, todo ello dicho con demasiada libertad. Mas no prevaleció el propósito del francés. Vióse aquí la causa y fueron castigados los culpables; y como don Antonio era inocente, su entrega le sirvió para negociar mejor su libertad. Hizo ruido el suceso; y siendo tan clara y tan honesta (a más de mandada) mi intervención, de aquí tomaron pie algunos enemigos para decir que yo había delatado y vendido a mi pariente don Antonio. Estas amarguras y otras que no cuento hubiéranme traído melancólico, a no ser por la amistad con Barcarrota. Era un hombre extraordinario, de ingenio chispeante y de maravillosa facundia y fantasía. Yo le tenía por un verdadero diablo y él a mí por una corte entera de demonios. A sus instancias, y en su casa, en su apacible retiro del Fresno, compuse, años después, El sueño del infierno, y siempre le guardé una amistad y un corazón adicto. Rejoneaba admirablemente y era en todo el más cumplido caballero. A los tres años de estancia en Valladolid era yo poeta famoso y mantenía correspondencia con los varones más doctos de España, mi voto era temido en la provisión a las cátedras de la Universidad y tenía infinitos amigos y apasionados. Conocí a Pablo Rubens, a Miguel de Cervantes y otros, y sostuve larga matraca y rifirrafe con el orgulloso don Luis de Góngora, de que nació nuestra eterna enemistad. Muy célebre a orillas del Pisuerga, atrevíme a dirigirle una carta latina al gran Justo Lipsio. Le comparaba al sol y al fénix. El sabio belga me contestó agradeciendo los elogios y diciéndome que había oído alabar mi talento y mi mérito, aunque desconocía mis obras. Vino su billete en ocasión de hallarme yo muy enfermo. El malsano clima de Valladolid traíame quebrantadísimo. Un doctor, Miraval, asistíame día y noche. Daba pocas esperanzas sobre mi vida. Pero la carta de Lipsio me curó, como hubiera podido hacerlo Esculapio. Como a Lorenzo de Médicis curó la lectura de la historia del emperador Conrado III. Como a don Alfonso de Aragón, la lección de Quinto Curcio. Dicté respuesta latina al filólogo insigne (mi enfermedad me impedía aún coger la pluma); y sabiendo que a la sazón se ocupaba en editar a Séneca, la redacté en estilo senequista. Le entusiasmó mi carta y osó saludarme con el alto encomio en griego de "gloria suprema de los españoles". Conste que el elogio inmerecido no me desvaneció, aunque para sí lo quisieran mis profesores de la Universidad, con quienes nunca se escribiera Lipsio. Contaba yo veinticinco años no cumplidos, y, desde entonces, comenzó a roerme a zancajos la envidia. Pasé a mi patria a acabar de reponerme. Hallé a Madrid desierto. Besé las arenas de mi Manzanares. Todo era luto y sombras fugitivas sin la Corte, grandezas desengañadas, triste aviso de presunciones, amenaza de soberbias y desconfianza de humanos. Regresé a Valladolid y burléme del Ochavo, del Espolón, del Campo Grande y del pobre Esguevilla. Nací otra vez a la vida; pero como mis satisfacciones hayan de ser siempre pasajeras, a 15 de abril de aquel año de 1605 bajaba a la tumba mi hermana doña María. Poco después terminaba yo mis cuatro cursos teológicos en la Universidad y meditaba recibir órdenes menores para consagrarme al servicio de Dios. Mas así le sucedan todos los intentos al Turco; que yo pude ser ordenado de corona, como tengo dicho, pero no de vida De nuevo el rey don Felipe, por el mismo arbitrio con que el duque de Lerma trasladó la corte a Valladolid, o sea, cediendo a la voz del interés, reintegró a Madrid su residencia. En febrero de 1606 se levantaba la enorme máquina cortesana y administrativa, camino de la Babel del Manzanares. Recuerdo que me despedí de esta manera irónica, en un romance que comenzaba:
Con otras muchas pullas, disculpables en un hijo de Madrid.
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