V

    S ICILIA! ¡Apéndice placentero de la fértil Italia! Recibióme en Palermo el duque de Osuna con infinitas caricias y muestras de amor. A las pocas horas, con título de criado, era yo su valido y persona de confianza. Contóme cómo, al empuñar las riendas del Gobierno, halló Sicilia en la última miseria, cerrada la caja de Palermo y adulterada la moneda; cómo restituyó el erario público en su crédito y la moneda en su peso y ley. Me aseguró que al entrar en el mando se saqueaban en Mesina las tiendas a la mitad del día y que no se podía viajar sin escolta de guerra. En poco tiempo había castigado los delitos, vióse la ciudad libre de ladrones, y los caminos exentos de salteadores y facinerosos; restituyó en su autoridad y libertad a la justicia, apresó a los delincuentes, libertó a los injustamente acusados, y, en fin, organizó por completo la escuadra, que encontró hecha ludibrio de aquellos golfos. Tras este resumen de acontecimientos políticos, me habló de la necesidad que tenía de mi para tratar reservadamente con los ministros de Nápoles y Milán, con el Pontífice y los potentados sobre la campaña que se abría en el Piamonte. Carlos Manuel, duque de Saboya, tenía invadido el Monferrato desde la primavera.
    A las pocas semanas salí para observar desde cerca al de Saboya, y halléme en Niza. Movía la guerra por sus pretensiones litigiosas al Monferrato, aunque el contagio viniera de Venecia, disfrazado en consejo, y de allí se repartiese el propio veneno, confitado, en Bohemia. La alteza saboyana inclinábase a novedades, y Venecia a robos. Era el duque díscolo y ambicioso por carácter, receloso por necesidad, ingrato por costumbre. Soñaba con el título de libertador de Italia. No vaciló en unirse con su enemigo Enrique de Borbón contra los españoles, sino que el puñal de Ravaillac desbarató los aprestos militares del francés. No se descorazonó por ello. Contaba con La bolsa de Venecia. Advertí en los habitantes de Niza propensión a entregarse al Rey católico. Las demasías de Carlos le habían enajenado muchas voluntades. La víspera de Todos los Santos, el pueblo, harto de tolerar la insolencia del secretario del gobernador, Giovanni Ricordi di Peglia, le asesinó, arrastrándole por las calles. Vino el duque, disimulando su venganza con bailes y banquetes, que duraron hasta que llegó el príncipe Tomás, su hijo, y degolló luego a los más principales de aquel Estado. Esto acrecentó los deseos de los nicenses de separarse definitivamente del duque. Noté, en tanto, que se hallaba mal provisto, y con sólo ciento cincuenta soldados, el castillo; que no eran difíciles de tomar y mantener con poca gente los pasos del Piamonte. Las murallas del puerto de Villafranca, poco sólidas, facilitaban un desembarco. Pero el escarmiento del príncipe traía los ánimos medrosos. Supe yo su llegada y sus intenciones por un vasallo del propio duque de Saboya, en cuya casa me alojó su furriel. Temieron todos los de ella un grave castigo. Yo les saqué de aquella ansiedad, saliendo la noche que procedió a las ejecuciones, de Génova, por mar, y llevando conmigo al hijo y dos hermosas hijas de mi huésped. Partí después para Sicilia, donde di cuenta a mi señor el virrey de mis aventuras y comisiones y de la posibilidad de una empresa militar contra Niza y Onela. Todo lo estorbó el hallarse entregado al saboyano el marqués de la Hinojosa, gobernador de Milán.
    En el año entrante hice dos viajes a Madrid para tantear la opinión de Osuna en los Consejos de Estado e Italia; y de regreso aquel año y el de 615 compartí con el duque las fatigas del mando, le acompañé en el riesgo, crucé los mares, desempeñé delicadas comisiones para extinguir la guerra de Lombardía. Me entregué de lleno a la política, que fue para mí de gran reputación el negociar. El duque premió mis servicios, haciendo que me hallara presente en la Junta popular del reino de Sicilia y se me nombrase embajador para traer a su majestad los pliegos del Parlamento, con cinco mil ducados por gajes de la procuración. Era lo que se llamaba el servicio ordinario. El duque escribió desde Mesina a don Carlos de Oria para que se me proveyese de una galera con que hacer hasta Marsella mi viaje. Mi intención era ganar la frontera por el Languedoc y el Bearn. Pero hallé el mediodía de Francia en armas por el príncipe de Condé, que contra el rey era cabeza de los hugonotes. Detuviéronme éstos en Montpellier, por haberles dicho venía con despachos del Rey Católico. Fue ello parte a que me prendiesen con rigor, diciéndome aquellos ministros y magistrados:
    - ¿Venís a tratar con el rey que, junto con la reina que le dáis, reciba la Inquisición?
    Lo decían por los mutuos casamientos entre España y Francia que, a la sazón, verificábanse. Y añadieron:
    -¿Quiere el Rey Católico enseñar al rey cómo ha de ejecutar en nosotros lo que él hizo en los moriscos?
    Yo satisfice, dándoles a entender mi venida y que era procurador del reino de Sicilia, con que, dentro de tres días, con buenas palabras y no mal tratamiento, me soltaron.
    De allí llegué a Tolosa. Presentáronme en aquel Parlamento, que es grande, las guardas de la ciudad, que tenían tal orden, por estar el príncipe de Condé cerca y haber tentado a la obediencia de aquellos magistrados y llevado la respuesta que merecía. Ya el príncipe estaba dado por traidor en todo el reino, según los pregones que oí. Pedí al magistrado se me diese gufa (no queriendo aventurarme por el Beam) que me llevase por lugares católicos a Ax. Diéronmela, haciendome mucha honra y dijeron:
    - Todas estas inquietudes y la muerte del rey de Francia han sido a persuasión de Mos de Saboya; y si es tan dañosa a los que busca por amparo, ¿qué será a los que elige por enemigos?
    Gané el Rosellón; empero no paró aquí mi calvario, que hube de padecer otras tres prisiones antes de arribar a Salsas. Al fin pude llegar a Burgos, donde se encontraban el rey nuestro señor y el duque de Uceda, por los casamientos que dije, y donde se preparaban grandes regocijos y fiestas.
    Fui recibido como quien llevaba cuatro millones y medio para Su Majestad, del donativo de Sicilia, y mas de treinta mil ducados para el duque de Uceda. Y el día que entré en Madrid, dos horas antes, habla ido al Fresno, por dineros para las fiestas, mi buen marqués de Barcarrota, que era general de las galeras de Portugal y dejó dicho que estaba determinado a salirme a recibir dos leguas con tales bebedores, que perdiésemos la ruta.
    Gran tristeza produjéronme los particulares encargos del duque de Osuna, que trataba de obtener, por la mediación de los duques de Lerma y Uceda, el nombramiento del virrey de Nápoles para el año siguiente. Legítima era la pretensión; que, a la expiración de su mandato, los virreyes de Sicilia solían pasar a Nápoles. Pero, en aquella Corte corrompida, la intriga y el cohecho lo señoreaban todo; el más generoso era el más afortunado, y los rivales de mi señor el duque movíanse mucho.
    Yo traía orden de untar aquellos carros para que no rechinasen, aunque estaban ya mas untados que brujas, y recibí para ello letra de treinta mil ducados, que fue para los porterillos un attollite portas, para los oídos un encanto y para los ojos un hechizo. Andábase tras mí media Corte. Aquí pude estudiar a mis anchas los resortes ocultos de los gobiernos infames, penetrar en los móviles inconfesables de los políticos y aprender lo que valían las conciencias. Es asombroso lo que recibieron el de Uceda, su secretario, Juan de Salazar; don Andrés Velázquez, espía mayor de los cohechos, el marqués de Siete Iglesias y hasta el confesor del rey, fray Luis de Aliaga. A tan vergonzoso estado habían llegado aquellas gentes, que el propio fiscal escribió a mi señor el duque diciéndole que cierta persona que convenía tener propicia deseaba una alfombra, que les enviase dos y rogara a Dios que otro no le diera tres. Durante los dos virreinatos de mi señor, el duque de Uceda recibió de Su Excelencia cerca de dos millones en dinero, tiestos de plata esmaltados con ramos de naranja y cidras, que pesaban ciento veinticinco libras; trescientos abanicos de ébano y marfil, caballos, jaeces, mazas, alfanjes y cuchillos damasquinos, piezas menos ricas y preciosas por el oro, rubíes, diamantes y esmeraldas, que por el primoroso trabajo de los artífices. Y el confesor del rey, altares, relicarios de oro, cruces de diamantes, joyas valiosísimas y otras bagatelas así, para que encaminase la conciencia dei tercero de los Felipes.
    Yo recibí, en albricias del Parlamento siciliano, merced de cuatrocientos ducados de pensión en Italia, por decreto de 2 de marzo de 1616. Pocos días después bajaba a la tumba mi tía doña Margarita; que al fin pudo comprobar, antes de morir, los diferentes rumbos de mi existencia. De este suceso consolóme el nombramiento de Osuna para virrey de Nápoles en el mes de mayo. Partí en junio desde Cartagena para Sicilia, con la satisfacción de haber negociado como un San Carlos. Hice virrey a mi señor el duque y estreché desde Madrid mi amistad con el cardenal Juanetin Doria, con don Mariano Valguanera, íntimo de Barberino (que es hoy nuestro santo Padre Urbano VIII), con don Martín Lafarina de Madrigal, con Antonio Amigo y otros.
    A mi llegada a Palermo hallé enfermo al duque de una antigua herida de arcabuz que recibiera en Flandes. Sobrepúsose y zarpamos del puerto de Palermo para Nápoles. Fue recibido con el estruendo y la alegría que pregonaban sus mil hechos de armas y, últimamente, el haberse apoderado de siete galeras del Turco, con la real y el estandarte. En noviembre, festividad de Santa Catalina, salimos por la mañana Su Excelencia y yo a caballo, con el camarero de costumbre y solos cuatro lacayos. Paseamos toda la ciudad, entramos por las salas de la vicaría, visitamos las cárceles, gemía en una Campanella; el virrey oyó a todos los presos, ofreciéndoles que serían despachadas sus causas antes de Navidad. Luego mandó que ni en las fiestas de Corte vacase la vicaria criminal. Esta cosa nunca vista llenó la ciudad de gozo. Con las medidas del duque, todo el mundo abrigó la esperanza de un próspero gobierno. Acabada nuestra visita, regresamos a Palacio; y viendo Su Excelencia, al subir las escaleras, sentada en ellas y dormida una pobre mujer con un memorial en el pecho, se lo quitó y despachó en seguida favorablemente y puso dentro de él cuatro cequíes.
    Y porque vea vuesa merced la grandeza que presidía en todas las cosas del duque, su justicia, actividad, celo y entereza, quiero contarle algunos dichos y hechos, por donde se persuadirá cómo se levantaba sobre la eminencia del siglo, que fuí de todos testigo presencial y algunas veces consejero. No permitió que se estableciese en Nápoles la Inquisición. Visitando un día las cárceles, supo que un preso llevaba encerrado veinticuatro años. No trató de indagar su delito, sino al punto le otorgó la libertad, diciendo que tan largo padecer era bastante para purgar el mayor crimen. A otro preso, por vicio nefando, le mandó quemar cuanto antes. A un letrado que el sábado había dormido con una meretriz y dándole muerte la misma noche, le hizo cortar la cabeza el domingo por la mañana. A un fraile, porque mató a un caballero en la iglesia, hechas las ceremonias de costumbre, ordenó que lo ajusticiasen. Y lo mismo a un clérigo, por haber muerto al gobernador de Isquia. En todos los casos no se interpuso tiempo del delito al castigo. Era perseguidor implacable de malhechores y enemigo mortal de mentirosos.
    Y, para final, oiga vuesa merced este otro caso de justicia, que, a mi parecer, no lo mejorara el mismo Salomón. En perjuicio de cierto hijo pródigo que había ocasionado algunos sinsabores a su padre (un napolitano riquísimo), lograron ciertos negociantes embaucadores que este les nombrara herederos, a condición de dar al hijo lo que quisieran. Ofreciéronle ocho mil escudos, miseria grande para una hacienda cuantiosísima. Apeló el hijo al virrey, quien llamó a los herederos. Demandante y demandados expusieron su derecho. Entonces el duque, con la severidad retratada en el semblante, decidió la querella, dirigiendo a los embaucadores estas palabras:
    - No habéis entendido el testamento. Dice que deis al hijo lo que queráis vosotros. ¿Que queréis? ¡La herencia! Pues eso os manda que deis el testador.
    Tuvo para algunos esta sentencia facción de atropello; pero fue alabada de los más.
    Grandes proyectos había concebido el duque. Convenía primeramente atender a las materias tocantes a la hacienda real. Fui encargado de ello por Su Exeeleneia, descubrí muchos fraudes, y obrando con desinterés, beneficié el tesoro público en cuatrocientos mil ducados. Después era necesario asentar el dominio de España en la política italiana y mostrar el duque su deseo de desbaratar las pretensiones de Venecia, arruinar su poder y desengañarla de su supremacía en el Adriático y en el Oriente.
    Habíase recrudecido la guerra con el duque de Saboya, al que apoyaba la astucia de los venecianos. Su Excelencia opuso la sagacidad a la astucia. Su Majestad estimulaba al duque a que obrara sin que se supiera que tenía orden para ello, sino como si fuese por su cuenta. Osuna advertía al rey que enarbolaría su estandarte particular en sus galeones.
    A esto hizo Parlamento en marzo de 17 el reino de Nápoles, y encomendóme a mí que lo trajese a España, con un donativo de trece millones para Su Majestad y cincuenta mil ducados para el de Uceda. Regaláronseme ocho mil ducados por gajes de la procuración. Partí antes para Roma a negociar con la santidad de Paulo V sobre la restitución del Adriático. Conferencié a solas con él. Era materia grave la empresa de Osuna, y en carta al duque se remitió a cuanto yo le dijese de palabra.
    En la mañana del 31 de mayo arranqué para España a traer el donativo con dos fragatas. Por orden de Su Excelencia, todos los gobernadores, síndicos, electos y oficiales del reino de Nápoles por donde pasaba me trataron como al propio virrey. Hacía el viaje con la pausada solemnidad de estilo. En 1° de julio tocaron en Marsella las naves. El capitán Vinciguerra salió a mi encuentro a toda prisa. Mi vida se hallaba en peligro. Venían siguiéndome desde Niza con mis señas y retrato, seis caballeros para asesinarme. Mas quedó burlado el de Saboya y Venecia. No desembarqué. Quizá sólo trataban de apoderarse de los millones que traía. Sea como fuere, llegó también la nueva al duque de Alburquerque, gobernador y capitán general de Cataluña, quien me convoyó hasta Fraga con escolta de caballería.
    En 24 de julio llegaba a Madrid. Hallábase el rey en El Escorial. Pedí audiencia secreta a Su Majestad. Justifiqué a sus ojos la política del virrey y aprobó el deseo de Osuna de continuar la empresa contra Venecia y obrar enteramente a su placer, reservándose el resorte de desautorizarle en caso de necesidad.
    El rey me hizo merced del hábito de caballero de la Orden de Santiago. Irritó ello a los poetas mis enemigos. Se me concedió también una pensión mensual de doscientos ducados.
    Ascendí aquellos días a la cumbre de mi grandeza como jamás soñara. Créase que el orgullo no se insinuó en mi corazón. Atravesé, por fin, el mar y llegue al jardín de Europa a tiempo que reía la primavera. Recordaré siempre mi presencia triunfal en Nápoles, que hasta creí que el Vesubio se encendía con nuevas llamas. Toda la nobleza de Parténope corrió a darme el parabién.
    Los bajeles del duque enfilaban ya la proa en el Adriático.


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