VII

    P ERO los acontecimientos vinieron a servirme y vengarme más de lo que esperaba. A 31 de marzo de 1621, a las nueve de la mañana, la majestad del rey don Felipe III pasó a mejor vida. Siguió la revolución consiguiente al advenimiento de un nuevo príncipe. Cayó, con estrépito, el valido, levantóse otro, y con el duque de Uceda vinieron también abajo sus hechuras. Ahora el conde de Olivares destruiría, de arriba a abajo, la casa de Sandoval, cuyos excesos habían engendrado el odio de todo el país.
    Salvóse el duque de Lerma, por su capelo de cardenal. Una sátira lo decía:

El mayor ladrón del mundo,
por no morir ahorcado,
se vistió de colorado.

    Pero el rayo de la venganza cogió de medio a medio a mi señor el duque de Osuna y al de Uceda. Don Rodrigo Calderón era degollado en cadalso público. Rechinaron per toda la Corte cadenas y cerrojos. Las calles hervían de alguaciles y alabardas, que llevaban a prisión a próceres y ministros.
    Estas noticias llegaban a mi prisión de la Torre de Juan Abad. Ausente y desterrado, aliviaba a orillas del Guadalén mi soledad y melancolía con el cultivo de las letras. Escribí entonces el Mundo Caduco, los Grandes anales de quince días, la Política de Dios. Dedicaba al nuevo favorito la sátira más cruel contra los favoritos. Anotaba la Carta del rey don Fernando el Católico al primer virrey de Nápoles. Pedía simplemente que se inaugurase una era de justicia; que se hiciese más justicia entonces por un cuarto (por un cuarto Felipe) que en otro tiempo per doce millones, y que fueran hechos cuartos (descuartizados) los delincuentes. De tal pensamiento se engendró el Sueño de la muerte. Mas los sucesos precipitábanse. Los jueces que procesaban a los tres duques llamáronme a declarar en Madrid, en agosto, y me señalaron por cárcel mi propia casa de la calle del Niño. Olivares quería perder a Uceda. ¿Quien imaginara dos años antes que el omnipotente Uceda, causante de mi ruina, el mismo que me arrojase a la prisión, había de estar ahora a mi merced? No me vengué, dije puramente la verdad de cuantas negociaciones había tenido con él en relación con Osuna. Procuré salvar a mi señor; él no quiso salvarse. Uceda ni podía.
    Véase cómo sabemos lo que somos, mas no sabemos lo que podemos ser. Ahora era el conde de Olivares quien ostentaba la omnipotencia y el que deseaba deshacerse de los mismos que me habían deshecho a mi. Por deber y amistad tenía yo que defender a Osuna; él había sido ingrato conmigo; a no socorrerle, me habrían acusado de ingratitud. Hubiera dado la vida por el duque, aunque ello me apartara de la confianza del valido, que comenzaba a insinuárseme.
    Los jueces me devolvieron a mi retiro, de donde no debía salir; y hallándome enfermo de unas tercianas malignas, permitiéronme pasara a Villanueva de los Infantes a que me curara.
    Poco después los señores de la Junta diéronme por libre, mas vedándome entrar en la Corte ni acercarme a ella en diez leguas a la redonda. Al fin recobré la plena libertad.
    Una de las providencias del nuevo Gobierno, que tiraban a ganar la voluntad de los descontentos del anterior reinado, consistió en los Capítulos o pragmática de la reforma de trajes y represión del lujo para mejora de las costumbres. La pragmática deslumbró. Ofuscóme a mi mismo. Creíla bien intencionada, y consagré al conde mi Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos. Fue allí donde dije:

    "No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
    ¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?"

    Y terminaba con este encomio:

    "Mandadlo así, que aseguraros puedo
que habéis de restaurar más que Pelayo,
pues valdrá por ejércitos el miedo

    El conde me abrió generosamente su pecho, solicitó mi alianza, y otra vez desde aquel día estuvieron para mí francas las puertas de Palacio.
    La veleidosa fortuna parecía volver a sonreirme; empero tantas tretas me había jugado, que la miraba con prevención. Ya nada esperaba de ella, que sólo me fiaba de mi desdicha.
    Llegaron a esto, en la primavera y verano de 1623, las grandes fiestas, con motivo de la venida del príncipe de Gales a tratar de su desposorio con la infanta doña María.
    Todo se erró. Marchó el príncipe descorazonado. Desarrebozáronse malas intenciones. Temióse que los ingleses atacaran las costas de Andalucía. Recelándolo el Conde-duque, dispuso un viaje para pertrecharlas contra un desembarco audaz. Fui admitido en la comitiva regia. Partimos de Madrid el 8 de febrero de 1624 con dirección a Andújar.
    Entramos en Sevilla el 28 de febrero. Hubo fuegos, luminarias e innumerables fiestas..
    Volvimos per Baeza, y a fines de abril regresábamos a la Corte. El duque de Uceda fallecía, melancólico, en Alcalá.
    Pero el suceso doloroso para mi corazón fue la muerte en cárcel del duque de Osuna. ¡A tanto vencedor vencía un proceso! Sin esperanzas de libertad, pues rehusó defenderse, minada su salud por una enfermedad larga, aquel espíritu gigante despreciaba ya la tierra. Hizo venir a sus hijos, dióles la bendición. Díjoles que en el estruendo de las armas oiríase su nombre. Moría víctima de la ingratitud y la calumnia, Mi ¡ay! desgarrador se exhaló en estos versos:

    "Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la fortuna.
    Lloraron sus envidias una a una
con las propias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandes las campañas,
y su epitafio la sangrienta Luna.
    En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo;
el llanto militar creció en diluvio.
    Dióle el mejor lugar Marte en su cielo;
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo."


    Y después, compendiando las hazañas del mismo en inscripción sepulcral:
   
    "Diez galeras tomó, treinta bajeles,
ochenta bergantines, dos mahonas;
aprisionóle al Turco dos coronas
y los corsarios suyos más crueles.
    Sacó del remo más de dos mil fieles,
y turcos puso al remo mil personas.
¡Y tú, bella Parténope, aprisionas
la frente que agotaba los laureles!...

    Sucedió una coincidencia singular. ¡Altos juicios de Dios! Al mismo tiempo que el duque, bajó a la tumba su acusador y juez implacable, el señor Garci Pérez de Araciel. Y dije entonces:

    "De Osuna y Araciel
con dos diferentes modos,
las almas pesó Miguel:
la de Osuna pesó a todos,
la de Pérez pesó a él."

    Quince años lleva muerto el duque, y aún le temen en su sepultura.
    Consolome algo de esta desgracia (que enteramente no me consolé jamás de ella) la asistencia a Palacio y las nuevas amistades que allí contraje; sostenía correspondencia con eminentes varones y retocaba, para darla a la imprenta, la Vida del Buscón, cuya primera parte acabé a punto de salir para Italia en 1613, y cuya segunda no juzgué oportuno escribir.
    Aficionábanse mucho en Palacio a las comedias. Don Antonio de Mendoza, comendador de Zurita (que las escribía muy discretas), Mateo Montero y yo, juntámonos a trazar de consuno o a escote una comedia, a solicitud del yerno de Olivares, para festejar los días, de la Reina. Representóse en el Real Alcázar por los ayudas de cámara el 9 de julio de 1625. Sazonóse con bailes y entremeses, y no pareció mal. Aunque no me picaba mucho de la farándula y la carátula, que desde mis tiempos de estudiante aborrecía (por no llamarme Dios por esos caminos), compuse entonces varios bailes, loas, jácaras y entremeses. atrevíme a las comedias y aún a alguna tragicomedia, que no se presentó. Perdónenme la «Roma» y «Amarilis». Lo que yo decía al mundo no podía decirse desde los tablados.
    A principios del año siguiente, asistí con el rey a la jornada de Aragón. Hubo cortes en Barbastro, Monzón y Barcelona. Aparecieron en Zaragoza, torpemente impresos, la Política de Dios, el Buscón y los Sueños, que no me causaron poca inquietud. En Monzón escribí el Cuento de cuentos. Mi Aguja de navegar cultos había hecho estragos en las huestes del racionero de Córdoba, que abandonaba Madrid con síntomas de locura, de la que siempre padeció. Los moldes de Barcelona, Pamplona, Madrid, Zaragoza, Milán, Valencia, no se daban abasto a reproducir mis escritos, impresiones furtivas casi siempre. Seguían Portugal, Flandes y Francia. Aumentaban mis enemigos, mis envidiosos, mis émulos.
    Vine a empeorarlo todo la novedad del patronato de Santiago, que quería arrebatársele a nuestro santo Patrón en beneficio de Santa Teresa. Defendí mi hábito, defendí al Apóstol como Patrón único. Trabóse terrible contienda. Se dividió España en dos bandos, y el resultado de todo (no podía acontecer de otra manera) fue salir yo nuevamente desterrado a la Torre. Duró mi destierro desde abril a fines de diciembre.
    Desquitéme escribiendo contra los validos el Discurso de todos los diablos o infierno enmendado.
    Un gran desaliento iba invadiéndome; y así, en mi destierro de la Torre procuré refrescar y saturarme de mi antiguo estoicismo.
    Trató el valido de ganarse mi voluntad, engaitándome con halagos. Ofrecióme apoyo contra mis enemigos. Necesitaba defenderse de las numerosas críticas que levantaban sus medidas financieras. Salí en su defensa escribiendo El chitón de las tarabillas, que alzó un huracán de contradicciones, pero que acalló la murmuración. Hízose la impresión en secreto. En El tapaboca, que azotan, se atrevió a contestar uno. A nombre del Conde-duque no chistó alma terrena. Desde aquel punto la casa y persona de mi señor el conde estuvieron abiertas para mi.
    Encareció mis servicios, mi fidelidad, mis calidades. Su majestad (Dios le guarde) se dignó honrarme con título de secretario suyo en 17 de marzo de 1632. Don Gaspar redobló sus instancias por que entrase en el despacho de los negocios del reino. No me presté a tan grave cargo. No admití puesto alguno. Quiso proveerse en mí la embajada de Génova. Cortésmente rehusé todo ofrecimiento. Mi intención era vivir para mí sólo, ya que sólo para mí había de morir.
   


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