VIII

    N INGÚN estado dura mucho tiempo. Al decidirme a vivir mi vida, mis pensamientos fueron volviéndose a sujetos graves. A la desilusión política sucedió la lectura de Séneca, de Epicteto, de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres. Todas las cosas suceden a veces; que es fortuna semejante al mar y a sus ondas, las cuales, cuando corre un viento van a una parte, y cuando sopla otro, van a otra distinta.
    Muchas veces he afirmado, muchas he negado. Pero mi mayor contradicción ha consistido en el matrimonio. ¿Quién hubiera creído que el que escribió tan crueles pullas y sátiras contra el matrimonio acabaría casándose? Digo mal, no acabé casándome, aunque a pique estuve de acabar, sino acabé por casarme. A los que de mozo me aconsejaban el casamiento, decía:

"Antes para mi entierro venga el cura que para desposarme"

    Y deseé que, primero que dar el sí, se me helaran las palabras y la lengua.
    Mi señora la condesa de Olivares propuso de buscarme novia y me mandó le dijese cómo la quería. Incliné la cabeza ante tal orden y le repuse que la mujer que Dios me diese en suerte fuer noble, virtuosa y entendida. Porque yo podría ser casado sin dicha pero no mal casado.
    Y, en efecto, no fui mal casado; pero sí casado sin dicha, o el más desdichado de los casados.
    Mi señor el duque de Medinaceli me granjeó por mujer a doña Esperanza de Mendoza, señora de Cetina. Mis amigos deseaban la boda, y mis enemigos también. Los primeros para que diese ejemplo al mundo, borrase mis sátiras y gozase en la vejez de las dulzuras de un tranquilo hogar, hombre tan trillado como yo de la vida; los segundos, para que con mis hechos desacreditase mis palabras. Anticipáronse enviando un soneto infame y otros papeles injuriosos contra mí a mi futura esposa.
    Puso una barrera de luto a las pláticas del casamiento (como pronosticando su mal fin) la muerte de mi hermana doña Margarita, que bajó al sepulcro en abril de 1633. A 26 de febrero entrante desposábame en Cetina con doña Esperanza de Mendoza, viuda de don Juan Hernández de Heredia, del que le quedaban tres hijos: don Alonso, don Juan y don Alvaro. La boda extemporánea de su madre sentó mal en sus hijos y en su tío, don Miguel de Liñán, que no abrigaron los mejores pensamientos sobre mí. Menos de tres meses viví en Cetina, prólogo de los disgustos familiares. La salud de mi señora (que pasaba de los cincuenta años) era muy precaria. Los negocios de mi hacienda, mis pleitos, la asistencia a mi señor el duque, reclamábanme en Madrid. Mi señora, o por los disgustos o acostumbrada al rústico albergue de aquellos rincones de Aragón, no quiso seguirme a la Corte. Mi hijastro mayor, enfurecido, marchóse a Italia. El gobernador de Aragón, primo del primer esposo de mi señora, azuzaba el rencor de toda la familia. No logré cobrar nada de los réditos de la dote.
    Medité. Hice cuenta de que todo había sido un sueño. Olvidé. Persisto en el olvido. Ni doña Esperanza ni yo nos hemos vuelto a acordar el uno del otro. Sea feliz y déjeme a mí serlo. ¡Reverencio las aguas del Leteo, y en ellas bañaré mi memoria de este tropiezo mientras viviere!
    Vendí unas casas en la Corte, y otra vez sumergido en mi retiro de la Torre de Juan Abad, a ser más mío que nunca. Y entre la Corte y la Torre y Palacio y los servicios de Su Excelencia transcurre mi vida, a la que he aquietado un poco estos años con el remate de veinte y dos pleitos.
    He llegado a la conclusión de ser una ley fatal que en este mundo el bien es del que se afana en alcanzarlo y no del que lo merece. Mi suceso vale por todos; pues no hay cosa mala o buena que, aunque procure pensarla de tajo, no me suceda al revés. Tengo por seguro que, para que vean los ciegos, no tienen que hacer sino ponerme a mí a la vergüenza, y para que cieguen todos, que me lleven en coche. Si salgo abrigado, aprieta el calor; si voy desnudo, comienza a llover. Como haya de caerse alguna teja, aguardará a que yo pase. No hay necio que no me dirija la palabra, ni vieja que no me enamore, ni pobre que no me pida algo, ni rico que no me cause ofensa. Por cualquier camino que vaya, me equivoco; no hay juego en que gane. ¿Tengo un amigo? Me engaña. ¿Hay enemigos? Cuento con todos. En el mar me falta agua; pero la encuentro en las tabernas, porque mis fiestas y el vino son por todas partes aguados. ¿Qué oficio hubiera tomado yo que no hubiera resultado en mi contra? Es seguro que si doy en ser calcetero, anduvieran todos en piernas. Si hubiese estudiado medicina, aunque es ciencia socorrida, porque no curase, no habría ningún enfermo. Siempre ha sido mi vecindad mal casados que dan voces, herradores que se levantan al ser de día, herreros que me desvelan. Si camino con fieltro, abrasa el sol; si voy con guardasol, llueve a cántaros. ¿Encuentro a una mujer linda y le digo mil requiebros y ternuras? Pues, o me pide o me despide, que para mí es lo mismo. Supongamos que hay gentes que no salen jamás de su casa. Como las busque yo, estarán fuera. Si alguno quiere bajar al sepulcro, que me haga un favor, y no vivirá una hora. En fin, tal es mi desventura y tengo tantas faltas, que cualquiera diría que estoy preñado.
 


    De Madrid, a 30 de Julio de 1639.
   
    (Hasta aquí es copia de una curiosa relación que se supone escrita por el propio Quevedo, en la cual narra los acontecimientos de su vida sin pasar de mediados de 1639.
    A fin de completarlos hasta su muerte, el autor de estas líneas ha añadido el siguiente capítulo adicional.)

   


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