IX

    C INCO meses después sufría Quevedo su última y más terrible cárcel en San Marcos de León, de la que sólo salió para morir. Sin embargo, ninguno de sus amigos creyó su fin tan próximo. Conocieron su robustez. Cuatro años antes de su prisión, a los cincuenta y cinco de su edad, escribía a don Octavio Braquiforte, obispo de Cefalú e hijo de su viejo amigo el duque de San Juan: "Tengo una vida que se desentiende de mi edad y la desmiente, aunque no la niega; salud confiada en la templanza, las venas sin heridas; y si bien ya a mi edad es para sentir los motines de los humores, la moderación de la garganta ha pasado a más años la mocedad, y el ejercicio robusto entretenido a pedazos el color del cabello, que en menor estación de tiempo suele desaparecer, desconsolando la presunción de la barba." Pero este canto de "magnificat" a su buena salud se ve turbado por cierto presentimiento que apunta en otro lugar de la misiva: "Moriré como hombre de un día tras otro y trillado del paseo de las horas, sin que tenga culpa en mi acabamiento otra cosa que mi composición, donde se muere por ley y no por venta. Esto procuro yo; no sé qué estorbo me pondrán los sucesos contingentes."
    El estorbo acaeció y fué terrible. Efectuóse su prisión de diez y media a once de la noche del 7 de diciembre de 1639, en el palacio del duque de Medinaceli, donde posaba. A punto estuvo de acabar su vida en pocas horas. Primeramente el aparato de la prisión, por desusado, era para quebrantar el ánimo más fuerte.
    Llegaron al palacio dos alcaldes de Corte: don Enrique de Salinas y don Francisco de Robles Villafaña, y, con gran silencio y secreto, sin que nadie de la casa pudiese presumirlo, mientras Salinas fué a hablar al duque de parte del rey, Robles prendió a Quevedo, que se hallaba acostado, haciéndole vestirse a toda prisa y sin darle lugar siquiera a ponerse la capa. El frío era intensísimo. A la vez que Salinas registraba vestidos, escritorios y cofres, afanoso por encontrar una célebre sátira contra el Gobierno, que había aparecido mañanas antes debajo de la servilleta del rey, Robles sacó al preso an su coche hasta la Puerta Toledana, donde esperaba otro de camino con gentes de la justicia, que le conducirían a San Marcos. No se le permitió llevar ni una camisa. Robles quiso excusarse:
    --Señor don Francisco, perdone, que ya sabe como son estas cosas.
    --Sí, señor-repuso Quevedo-; ya sé que estas cosas son como las demás.
    Al llegar al Puente de Toledo, dió pena a todos ver al famoso escritor tan desabrigado, a su edad, tiritando de frío. Robles, tan piadoso como recto, le proporcionó un ferreruelo de bayeta y dos camisas, y uno de los alguaciles de Corte, unas medias de paño, con que se alivió un poco.
    Al día siguiente era grande el escándalo y la consternación en Madrid. Corrióse la voz de que iban a degollarle, deduciéndolo de que siempre que salían alcaldes de Corte con caballeros particulares era para semejantes actos. Pero no le degollaron. El Conde-duque meditó contra él más terrible venganza. Degollarle habría causado mucho más ruido en Europa: la apoteosis de su glorificación. Era mejor sumirle en un calabozo, donde se pudriese obscuramente de por vida. Se le encerró en una celda inmunda, que él llamaba cuadra, cuyas paredes rezumaban agua por todas partes. "Tiénenme encerrado en una cuadra; pero, apesar de las vueltas de la llave, estoy libre." Su espíritu estoico sobreponíase al dolor. Muchos meses careció de comercio humano. "He estado todo este tiempo (dice en 7 de octubre de 1641) en rigurosísima prisión, enfermo con tres heridas, que con los fríos y la vecindad de un río que tengo a la cabecera se me han cancerado, y por falta de cirujano, no sin piedad me las han visto cauterizar con mis manos; tan pobre que de limosna me han abrigado y entretenido la vida; el horror de mis trabajos ha espantado a todos"
    La vigilancia que con él ejerció el Conde-duque era muy estrecha. Aun viéndole hundido y destruido, le tenía miedo. Quevedo, en cuanto pudo, conspiró desde su calabozo con nombre fingido. En las cartas dirigidas al padre Pedro Pimentel se firma unas veces «Ignacio Pérez», y otras, «Fray Thomas de Villanueva». A la vez que trabaja en sus libros serios el Job, La providencia de Dios, etcétera, desliza ocultamente innumerables folletos políticos, romances y sátiras, que al cabo dan en tierra con el Conde-duque. España se desquicia, minada por el separatismo. Quevedo, cancerado, tullido, abierto el pecho y una pierna, desde la húmeda mazmorra de San Marcos de León, lucha por que no se desmorone completamente la gran obra de los Reyes Católicos, que unes malos españoles quieren aniquilar. Durante aquellos años turbulentos de nuestra historia (los más azarosos y trágicos, y principio de nuestra decadencia), el nombre del gran satírico va asociado a la guerra de Cataluña, a la de Flandes, a la de Italia, a la separación de Portugal, a la pérdida del Brasil, al levantamiento de Andalucía. A diario afluían a León personas de toda la Península, anhelantes de hablar con el insigne reo y recibir sus enseñanzas.
    Cuando, por fin, cae el Conde-duque (23 de enero de 1643), Quevedo, que ha realizado un último esfuerzo, no puede más. En 29 de diciembre anterior escribía al expresado padre Pimentel: «Yo, señor, quedo vive en este sepulcro, ensayándome de muerto.» Al llegar su soltura está en cama, y ha de dilatar su salida para Madrid.
    Cerca de cuatro años dura la horrorosa prisión, sin que (no hay que decirlo) se le instruyera proceso. Arriba a la Corte tan desfigurado, que los duques de Medinaceli y de Maqueda, que salen a recibirle, y otros amigos, con dificultad le conocen. De aquella salud y robustez de unos cuantos años atrás, en que apenas descubrían canas los abundantes cabellos, no queda nada. Los aires de Madrid le prueban mal, y pasa a Cogolludo, a darse, come dice, unos baños de pez y resina. No experimenta alivio. Vuelve a la Corte, por ver si repone su destruida hacienda en pleitos y malas administraciones; que nadie creyó saldría de la prisión. No lo consigue. Se siente morir; añora su Torre de Juan Abad (único patrimonio), la vecindad templada de Sierra Morena, los buenos amigos de Villanueva de los Infantes y de Beas de Segura, la quietud y el regalo de la caza y parte para siempre de Madrid. Tal va, que en Toledo y Consuegra le tienen por muerto, y llega a la Torre con mas señales de difunto que de vivo. Le duele el habla y le pesa la sombra. Un amigo y pariente, don Sancho de Sandoval, le escribe desde Beas le diga cuál es su enfermedad. (Quevedo le responde: «Pregúntame vuesa merced cual es mi enfermedad; más fácil me sería cual no lo es, después de cuatro años de prisión estudiada por el odio y la venganza del poder sumo; en un aposento cerrado por fuera, dos años sin criado ni comercio humano y un río por cabecera, en tierra donde todo el año es invierno rigurosísimo, ¿qué he podido atesorar sino muerte y hallarme con el cuerpo inhabitable, a quien ya soy huésped molesto?»
    Entre la vida y la muerte, dictando La segunda parte de la Vida de Marco Bruto (que no pudo concluir), vivió don Francisco hasta su fallecimiento. Come no había buen medico en La Torre trasladóse a Villanueva de los Infantes, en casa de su amigo el gran humorista Bartolomé Jiménez Patón; pero, estimando ser mucha la molestia que le causaba y agravándose por momentos, se mudó a una celda del convento de Santo Domingo de aquella villa, donde, no obstante el cuidado con que le trataron los religiosos (allí le visitó e hizo grandes honores el célebre cardenal de Borja), rindió su tributo a la Naturaleza a los cinco meses, el 8 de septiembre de 1645. Fue sepulto en la iglesia parroquial de San Andrés, en la bóveda de la capilla de los Bustos. Ordenó en su testamento que le transfiriesen más tarde al convento de Santo Domingo, de Madrid, a la tumba de su hermana doña Margarita; pero sus albaceas y testamentarios no lo cumplieron.
    Andando el tiempo, sus cenizas se mezclaron con las de otros difuntos.
    En su vida, sacrificada en aras del bien público, nos dejó una imagen que imitar; y en sus escritos, la gloria más alta del ingenio español.

 


Capítulo VIII           Colofón