COLOFÓN

PERSONALIDAD LITERARIA DE QUEVEDO

    A PARECE complejísima, multiforme y plurifacética. Lo primero que sorprende, al considerar la inmensa labor de Quevedo, es su variedad deslumbradora. Todos los géneros ha cultivado: la filosofía, la Teología, la Moral, la Crítica, la Filología, la Política, la Sátira, la Novela, el Teatro, la Poesía en cada uno de sus órdenes. Nada le es ajeno. Pero esta variedad no deja de ir animada de cierta unidad: la sátira. Por poliforme que sea el autor, en todas sus obras alienta el satírico; en todas (más o menos velado) apunta un deseo de reformación, una moral. La mayor sorpresa ocurre cuando consideramos la dualidad de su temperamento. Absolutamente en ningún escritor del mundo, sin tiempos ni épocas, se ha dado, con la intensidad que en don Francisco, tal diversidad de inspiraciones, tal movilidad de genio, tantos cambiantes de estilo, tantos matices, tantas aparentes contradicciones, tantos temas opuestos. ¿Cómo explicarlo? Se ha hablado del estrecho parentesco entre la novela picaresca y el estoicismo; aun aceptando algo de ello por los que tan menguada idea se hacen de la filosofía estoica, ¿cómo conciliar el lenguaje elevado y austero de las obras ascéticas de don Francisco con las cartas de El caballero de la Tenaxa?, ¿La Homilia de la Santísima Trinidad con las Gracias y desgracias...?
    Se argüirá, con millares de ejemplos, que no era extraña a su siglo esa mezcla de salacidad y de religión, de cinismo, devoción y grosería, antes muy corriente. Aceptémoslo también; pero ya no hallaremos explicación fácil si comparamos el autor de las jácaras, rezumante de voces de la germanía hampona, cantando a los héroes de la taberna y de la cárcel, con el delicadísimo poeta de las silvas, que se arroba ante el mar, ante las flores y las fuentes, las mariposas, los ruiseñores y las estrellas. Y menos aún quien lea sus letrillas y bailes, llenos de movimiento, gracia, picardía, sal y pimienta y los parangone con sus canciones fúnebres, reposadas, hondas y henchidas de intimo dolor. Coged una de sus pragmáticas burlescas o la Genealogía de los modorros, y os parecerá imposible que hayan salido de la misma pluma que la Política de Dios. Preciso es, por tanto, reconocer que sólo el genio puede plegarse a esta infinita variedad de temas y salir glorioso de su cultivo.
    La cultura de Quevedo fué enorme. Dominaba el latín, el griego, el hebreo, el siríaco, el caldeo, el francés, el árabe y el italiano. Respecto del castellano, nadie, ni Cervantes mismo, lo conoció tan a fondo. Hizo un estudio particular de muchas artes y ciencias, como la Medicina y la Astronomía, de cuyos progresos estaba al corriente. Era poseedor de gran número de códices, cuadros y antigüedades, algunos adquiridos por él en Italia. A su afán coleccionista se debe que conozcamos poeta tan excelso como Francisco de la Torre, cuyo único manuscrito fué a parar a sus manos. Protegía a los pintores y fué pintor él mismo.
    En general, descuella en sus obras el rasgo enérgico y el tono realista, de entronque tan español, que ya lo vemos en Séneca; y así, como éste, desdeña lo abstracto y metafísico por lo práctico y ético. Porque don Francisco, ante todo, es un español ciento por ciento, como ahora se dice; el más representativamente nacional y popular, la encarnación más viva de su época. La mayoría de sus obras nace al calor de los hechos que se van desarrollando.
    Considerado como poeta, la extensión de su musa abarca un horizonte tan ilimitado, que ningún género dejó de cultivar; y, así, tiene poesías amatorias, satíricas, burlescas, líricas, encomiásticas, morales, sagradas, fúnebres, romances, jácaras, y cantidad de piezas teatrales, entre comedias, entremeses, diálogos y loas. Fué tan inmensamente fecundo, que con dificultad puede hacerse una selección de proporciones prudentes sin que permanezca escondida alguna faceta de su genio.
    La celebridad de Quevedo como poeta comenzó muy pronto. Ya a la edad de veintitrés años cuando Pedro Espinosa recoge sus Flores, figura entre los poetas ilustres de España. A pesar de su temprana gloria, no publicó ningún libro de versos; sus poesías corrieron manuscritas, a excepción de un corto número de ellas que pasaron a los florilegios y romanceros de entonces. Sintiéndose morir, empezó a recoger su gran caudal poético para darlo a la imprenta; pero en esta labor le sorprendi6 la muerte, y sus composiciones sufrieron la desastrada fortuna que narra González de Salas en El Parnaso español (1648). Pudo decir éste que “no fué de veinte partes una la que se salvó de aquellos versos”. Sin embargo, merced a nuestras investigaciones, el tesoro poético de Quevedo ha crecido considerablemente, sobre cuyas circunstancias sería largo disertar aquí.
    Como en prosa, don Francisco emplea unas veces el tono serio y elevado y otras el jocoso, conforme al tema; de donde es grave, o solemne, o sentencioso, y agudo, chispeante y popular, lleno de antítesis, retruécanos, hipérboles, metáforas singulares, expresiones peregrinas, etc. La licencia, el desenfado, el rasgo enérgico y realista se suceden y alternan con los matices delicados y las tintas suaves; la sátira terrible y violenta, con el suspiro petrarquista. Se asimila, traduce e imita a muchos clásicos griegos y latinos, Homero, Anacreonte, Focílides, Virgilio, Horacio, Séneca, Juvenal, Stacio, Marcial, Ausonio, parafrasea a Jeremías, a Salomón. Pero luego se alza, único y propio, con los metros y composiciones de la manera tradicional, romances, jácaras, letrillas, infundiendo el espíritu más genuinamente castellano. Todo es vívido en su naturaleza poética.

FIN
   


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